Miles de acomodos, perdón, de cargos públicos asfixian al ciudadano de a pie y lo sabemos muy bien.
Expresiones como «qué caro que es vivir en Uruguay» o «no llego a fin de mes» tienen que ver, por lo menos, con dos factores bien claros. Por un lado, con el esfuerzo individual: es decir, con salir a laburar. Por otro, con la presión estatal ejercida por los teje y maneje de los gobiernos nacionales y departamentales de turno.
A las personas de bien nos satisface cosechar los frutos de nuestro propio trabajo, ver cómo hemos logrado aquello que, años atrás, parecía difícil de conseguir. Sin embargo, en nuestro diminuto país, con menos de cuatro millones de habitantes, más de la mitad de la población se jacta diciendo «de arriba, un rayo», evento que no estaría mal que, literalmente, les sucediese.
Cuando dicen que vivimos en un país donde el acceso a la salud, la educación y la cultura es gratis, uno automáticamente detecta la ignorancia y la hijaputez. A ver, señores, el Estado no genera dinero ni somos todos. El Estado es un muerto de hambre que nos fagocita durante toda la vida.
Uno de los mayores peligros: cuando la izquierda se hace del control estatal
¿Adónde va el dinero del pueblo trabajador?
Al inmundo estómago del Estado que después lo vomita y lo caga. Caga toneladas de mierda que los funcionarios políticos se comen por los bolsillos. Vomita viviendas, cirugías y hormonas para los que no se aceptan como son, centros culturales, espectáculos y medios de comunicación para acomodar a «les artistes compañeres».
Después ellos son «pueblo»
Que se haya creado un medio de comunicación para bajar línea ideológica zurda y progresista (desde hace casi treinta años) fue muy funcional para que el Frente Amplio se atrincherara, desde 1990, en el lugar más poblado del país.
Por supuesto que TV ciudad es solo una de las cuevas donde se tira la plata. Desde 1996 viene sacándole la comida de la boca al contribuyente. Se devorara con angurria, cada año, casi 8 millones de dólares de esfuerzo ajeno que lo suda en pauta oficial que amamanta a los operadores culturales.
Primero son agentes políticos, después son periodistas.
Con pauta oficial no hay libertad de prensa.
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