Hoy es jueves primero de octubre y son las cuatro de la tarde. Aún estoy en bata y sin bañarme. Mientras me fumo un cigarrillo y disfruto de una copa de vino tinto, (sí, ya sé, son las cuatro de la tarde) trato de entender todas las estupideces que he visto en los medios uruguayos durante toda la mañana.
Entrevistas, artículos, programas de radio, etc. Aburrido, todo muy aburrido. Nadie haciéndole frente a esta distopía orwelliana desde ningún medio de comunicación.
Estuve buscando una opinión ácida, rebelde, inteligente, mordaz o al menos humorística pero necesaria. No la encontré. No es que no haya buscado lo suficiente. De hecho, en la búsqueda sentí un poco de náusea intelectual, porque no hay, no existe.
Ahí entendí que el rechazo del sistema y de sus alienados a mi trabajo, poco tiene que ver con «mis formas». Lo que molesta es que no temo opinar y lo hago con profunda honestidad, con esa que suele acertar o equivocarse, pero se pronuncia en voz alta sin más.
Incluso podría haber empezado este artículo con una descripción falsa pero políticamente correcta, respecto en qué momento estoy escribiendo este artículo. Podría haber cambiado el vino por café, omitir el cigarrillo y la descripción desprolija de la bata y la gambeta que le hice a la ducha, pero no. Soy, a veces, como hoy, innecesariamente honesto. Un «sincericida» que de vez en cuando disfruta de la repulsión que le causan estas cuestiones a los caretas. O simplemente he entendido que en este siglo tecnológico, ser desprolijamente humano es un valor.
Pero, volvamos al punto. Luego de comerme la masa insulsa de la programación televisiva, la aburrida propuesta radial y la corrección política de los portales de noticias del Uruguay, entendí que el problema del periodismo y la comunicación de hoy es el consenso discursivo progresista del siglo XXI y la nula valentía de enfrentarlo con la opinión.
Cuando estudié periodismo debatí con todos los profesores y defendí la opinión dentro de la profesión como un valor agregado en el ejercicio informativo. Sentía —y siento— un profundo rechazo hacia esos «guardianes del buen gusto» que en las aulas le bajan esa miserable línea de neutralidad, objetividad y corrección política a los estudiantes.
Ese tono chato del periodismo de hoy, que no salpica a nadie y responde a una corrección política vomitivamente hipócrita, terminó transformando a la prensa en una fábrica de noticias sin alma.
Esa «prolijidad» que tanto militaron y militan es, exactamente, la razón por la cual una inteligencia artificial los puede reemplazar de la noche a la mañana sin que nadie note la diferencia. Si no, fíjense lo que les está pasando a los locutores comerciales.
Si tu trabajo periodístico consiste en repetir como un loro lo que dijo un ministro, resumir un comunicado oficial sin interpelarlo y cuidar de no incomodar a ningún grupo sensible para que no te cancelen, felicitaciones: sos un algoritmo analógico. La IA hace ese mismo laburo de forma instantánea, gratis y sin pedir aumentos.
Mi estilo no es un capricho, es supervivencia
A muchos les molestan mis formas. Me dicen que soy vehemente, que rompo los moldes, que no encajo en la figura del periodista «educado» y de finos modales. ¿Saben qué? Tienen razón: no encajo. Pero no es una postura estética o caprichosa para llamar la atención. Es una decisión de supervivencia periodística.
Ser vehemente, opinar sin anestesia, meter las manos en la mugre del debate y firmar con nombre y apellido haciéndome cargo del impacto no es un defecto. Es lo más humano que me queda.
Las máquinas no tienen tripas. La IA no siente bronca cuando detecta una mentira oficial, no tiene ironía, no tiene calle, no sabe lo que es la vergüenza ni entiende el dolor de la gente. Solo junta palabras probables en un orden prolijo para que nadie se ofenda.
Cuando el periodismo se vuelve un desierto de corrección política, la gente se duerme. Cuando el periodista se convierte en un procesador de datos tibio, la profesión se muere.
El sesgo de la falsa neutralidad
Nos vendieron que el periodista no tiene que tener postura. Mentira. El ser humano es un manojo de criterios, valores y experiencia acumulada. Querer extirpar eso de la profesión en nombre de la «ética» es intentar disfrazar de profesionalismo la cobardía.
Leer un teleprompter en un informativo no tiene valor alguno para la sociedad. Lo que le da valor a la información es el choque contra la realidad, la sospecha, la indignación y el juicio crítico. Si le sacás el alma al relato para que sea «políticamente correcto», le sacás su razón de ser. Porque para leer un resumen sin sal ni pimienta, la gente le pregunta directamente a ChatGPT, se ahorra la suscripción al medio y apaga la radio o la televisión.
La única salida es molestar
El futuro del periodismo no pertenece a los moderados. Pertenece a los que tienen la valentía de molestar, de tomar posición y de hablarle al público de frente, en su mismo idioma, sin pedir permiso ni disculpas por tener criterio propio.
La incorrección política, el estilo propio y la pasión son el único rasgo de humanidad que la tecnología jamás va a poder clonar.
Nuestra naturaleza humana es errática e imperfecta, emocional, pasional, contradictoria, maravillosamente dolorosa y profundamente espiritual. Tenemos la capacidad de complejizarla y la inteligencia para encontrar siempre una salida o, simplemente, aprender de cada error.
El colega que prefiera seguir cuidando las formas y redactando notas lavadas para no levantar polvo, que vaya armando el currículum para otra cosa. A la máquina no se le gana siendo más prolijo; se le gana perdiendo el miedo a ser lo más humano posible.
La corrección política en el periodismo y la comunicación no es objetividad ni profesionalismo: es el alimento principal de esta era tecnológica que intenta devorar, uno a uno, los rasgos distintivos de nuestra especie.