La indignación de los frustrados

La indignación de los frustrados

Hablar contra el relativismo en esta época es un acto de resistencia.

Llamar a las cosas por su nombre se ha vuelto un gesto intolerable en una cultura que vive de eufemismos, anestesia moral y corrección política.

El buenismo cínico que domina el discurso público no busca el bien, busca aprobación y es, en los hechos, funcional al mal que pretende combatir. De hecho, es el mal en sí mismo, puesto que no persigue la verdad; instaura el consenso social como dogma, imponiendo límites y nuevas reglas de juego para cada integrante de esta sociedad. Y cuando alguien rompe ese pacto tácito de hipocresía, la reacción no invita al debate; los dedos del establishment señalan al hereje y promueven el linchamiento que automáticamente aprueba la indignada plebe. Porque defender el conjunto de mentiras confortables que asegura la mediocridad del estancamiento es mucho mejor que aceptar una verdad incómoda que genera maremotos existenciales.

La opinión libre fue, es y será incomoda no porque sea violenta o temeraria, sino porque obliga a revisar posiciones preestablecidas diseñadas para anestesiar, empobrecer y dominar.

La opinión despojada de la intención de ser aceptada o valorada, interpela identidades construidas sobre consignas, no sobre pensamiento. Esta opinión o conjunto de opiniones contrarias al orden establecido siempre hieren a los débiles de mente. A esos que no nacieron para gobernarse a sí mismos, si no para ser lacayos que se sienten seguros al ser gobernados por otros hombres.

En una sociedad que confunde convicción con fanatismo y demagogia con virtud, cualquier afirmación clara, directa y expresada con crudeza, es leída como una amenaza.

No importa si esa opinión está respaldada por experiencia vital, empírica, teórica, práctica o científica. El problema no es el contenido, es el atrevido gesto de no someterse.

El insulto y la cancelación no son herramientas morales, son reflejos emocionales primitivos. Son la respuesta de una mente incapaz de sostener la tensión que genera una idea incómoda. Cuando no hay argumentos, aparece la descalificación. El pensamiento profundo del individuo es reemplazado a la fuerza por el pensamiento colmena.

Para este reemplazo, los autoproclamados guardianes del progreso no buscan comprender: linchan y silencian porque su poder no reside en la solidez de sus ideas, sino en la presión colectiva y el miedo al ostracismo.

Las redes sociales profundizan esta degradación. La velocidad reemplazó a la reflexión. La reacción instantánea desplazó al análisis. El algoritmo premia la indignación, no la lucidez. En ese ecosistema, pensar en profundidad es antinatural, casi subversivo. Un pecado. Herejía.

Se opina antes de entender, se juzga antes de escuchar, se condena antes de pensar. No hay tiempo para ir al núcleo de los asuntos humanos porque el sistema está diseñado para mantener a la mente en la superficie, permanentemente excitada, entretenida y vacía. La era de la masturbación neuronal y la adicción a la búsqueda constante de aprobación, de reconocimiento, de validación.

Lo que se presenta como sensibilidad es, en realidad, una descarga masiva de frustraciones.

Hay más catarsis que autocrítica, más señalización moral que introspección. El yo herido se disfraza de causa justa. La incapacidad de gobernarse a uno mismo se proyecta como deseo de gobernar al otro. Y así, una sociedad emocionalmente inmadura se arroga el derecho de definir qué puede decirse, pensarse o cuestionarse.

Este fenómeno no es casual ni aislado. Numerosos estudios señalan el deterioro del pensamiento crítico, la fragilidad emocional creciente y el empobrecimiento espiritual de Occidente. No espiritual en un sentido religioso necesariamente, sino en la pérdida de sentido, de trascendencia, de jerarquías de valor. Cuando todo vale lo mismo, nada vale realmente. Cuando no hay verdades, sólo hay pulsiones. Y una civilización guiada por pulsiones está condenada a la decadencia.

Desde ese núcleo degradado se desprenden todas las tendencias que hoy celebran la disolución, la negación de la naturaleza humana, el rechazo del esfuerzo, la demonización de la excelencia y el culto a la victimización.

Decir esto no es odiar al mundo ni a los seres humanos, es precisamente lo contrario. Es alertar antes de que sea demasiado tarde. Lamentarse por algo externo a nosotros es natural a la especie humana, pero lamentarse por no haber hecho nada frente al intento sistemático de aplastar nuestra virtuosa naturaleza es devastador para nuestra consciencia.

Por esto, negarse a participar de la farsa colectiva —que confunde reacción con pensamiento, sensibilidad con debilidad, libertad con inmoralidad, sexo con perversión y promueve pecados capitales como agenda de derechos— es estar del lado correcto. Es alivianar la carga cuando los años nos pasen factura.

En tiempos de confusión moral, pensar con claridad es un acto profundamente revolucionario y como tal genera miedo y rechazo. Pero estar en el justo medio requiere valentía para soportar los embates de esta histeria global.

Y sostener la palabra propia, aunque seamos señalados como parias o enemigos públicos en esta era de la estupidez, es una de las pocas formas de dignidad que le quedan al hombre y por eso es que debemos defender a muerte este derecho fundamental.

Eso es contribuir. Es ser útil y no funcional. Es encontrar el verdadero sentido de nuestra existencia. En definitiva, eso es lo trascendental, lo respetable y lo necesario para sentirnos en paz. Eso es ser buena persona. Eso es el legado.

Esteban Quiemada

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