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Era de noche cuando salió a la calle. Caminó recordando sus nuevos derechos que le había recitado la funcionaria: «Todes les ciudadanes debían dirigirse a él como a un licántropo verdadero, temerle y huir de él como si en realidad pudiera hacerles daño y, por supuesto, abstenerse de dispararle con balas de plata».
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