La muerte de Ali Jamenei, a mano de las fuerzas israelíes y estadounidenses, revivió las esperanzas sobre un posible cambio de régimen en Irán. Particularmente Donald Trump, en un mensaje publicado el sábado en Truth Social afirmó que el cambio político en ese país debe comenzar pronto, suponiendo que, descabezando a la República Islámica, esta no tardaría en implosionar. Se trata de una idea cómoda, pero falsa.
La República Islámica de Irán no es una dictadura personalista donde el poder descansa en un hombre. Es una teocracia constitucional: un sistema donde la teología no decora el poder, sino que es el poder. En ella descansan las instituciones, que han sido diseñadas durante cuatro décadas para sobrevivir a cualquier individuo. Las reglas de la Constitución iraní están escritas de tal forma que cambiarlas equivale a destruir el Estado. Advertir esto es indispensable para entender por qué Irán es tan difícil de neutralizar, y por qué su transformación, si alguna vez ocurre, no se parecerá a lo que Occidente está esperando.
Este artículo sostiene dos tesis sobre ese dilema. La primera: